viernes, 28 de julio de 2017

Réquiem por Playa Baracoa


Quien transgreda los límites de La Habana rumbo a Bauta —pasando por Jaimanitas, Santa Fe y la Escuela Latinoamericana de Medicina— se topará con un antiguo pueblito de pescadores y lugar de veraneo para la otrora clase media habanera.

 Playa Baracoa continúa siendo un tranquilo asentamiento costero. Todavía es codiciada por aquellos que habitan lejos de cualquier pedacito de arena y mar. Sin embargo, esos que anhelan bañarse y gozar de un pacífico día en familia —quienes vienen en camiones desde largas distancias y gastan una fortuna en transporte, almuerzos, alquiler de sombrillas y tablas de surf—, son los que dejan, al partir, una estela de desperdicios que ya puede apreciarse desde horas tempranas de la mañana.

Cajitas con restos de comida, latas, botellas de todos los tamaños, colillas de cigarros, huesos roídos, náilones y papeles de todas las naturalezas imaginables…empañan el paisaje y el confort de los que aún no aceptamos compartir nuestro espacio con la basura.
La falta de lugares para depositarla —llámense cestos o bolsas plásticas—, pudiera ser una excusa. De hecho, es un tema sensible para los moradores del pueblo, quienes sufren por las dilatadas ausencias de los trabajadores de comunales.

Pero la realidad playera es otra. Pasa por el desconocimiento y cae en la indolencia. La nulidad de la consciencia ambientalista parecería ser el denominador común de los visitantes de Playa Baracoa y… tristemente, del gobierno.

¿Qué es pequeña? Cierto. ¿Qué no se visualiza en los medios? Cierto. ¿Qué es menos importante? Falso. Todas nuestras playas —más si son playas abiertas que no responden a círculo social alguno— importan.

Como ave de paso que soy, de vez en cuando me sumerjo en sus cálidas aguas. Voy desde el Cachón hasta el Puente de Hollywood. Paseo por sus vericuetos históricos y miro cuánto de bueno se perderá si alguien no dice ¡BASTA!


Una colaboración de Marcia Rodríguez.