martes, 28 de abril de 2020

Encuentro fortuito con el arte

Una breve historia, a modo de introducción, del libro Mi encuentro con el Arte


El comienzo: 

Día cero

6 de Noviembre de 1957
–¡Mira!, en lugar de estar molestando tanto a tus abuelos deberías imitar a estos niños... –me dijo mi tío mostrándome las páginas de un libro de pintura donde se veían a varios niños estadounidenses dibujando.

Le sonreí con cierta picardía y le contesté: –Esos dibujos lo pinta cualquiera...

–¡Vale! Ven conmigo a mi estudio. Miró a mi abuela y le dijo: –Mamá, desde hoy él tiene permiso para entrar a mi estudio.

Mi tío tenía su estudio en el segundo piso de la casa de mis abuelos. Era una habitación convertida en taller de pintura situada encima del garaje con una escalera privada. Para entrar teníamos que atravesar un pasillo que pasaba por la cocina-comedor –donde casi siempre estaba la abuela– hasta llegar al final. A la derecha había una puerta para entrar al garaje, un pequeño vestíbulo y la escalera privada del estudio. Era una especie de recoveco exclusivo de mi tío al que nadie estaba autorizado a entrar... excepto yo, desde ese momento.

–Mírame a la cara y pon atención a lo que voy a decirte –me dijo con tono serio pero con voz muy amable–. Señaló para un estante con muchos frascos de pinturas y pinceles... Continuó hablando: –Estos son los pinceles que puedes usar, las temperas y las cartulinas. No toques más nada. Cuando termines de pintar, vas al baño y lavas bien todos los pinceles. No ensucies el suelo del estudio... ¡Ah!, deja bien limpio el baño cuando termines. ¿Entendido?

–Sí –le respondí.

Día uno

2 de Noviembre de 1957
Mi tío era pintor, caricaturista, publicista y presidente de una agencia de publicidad que estaba en el piso 13 del edificio del Seguro Médico en la esquina de N y 23 en El Vedado, en La Habana. El estudio solo lo utilizaba para pintar. Ese día iba a llegar tarde al trabajo. Se marchó de prisa y yo comencé a dibujar. 

Estuve pintando toda la tarde sin parar hasta que se acabaron las cartulinas. Coloqué los dibujos en el suelo como si fuera una alfombra, bajé la escalera y me tropecé con mi abuelo en el comedor.

–¡A ver, quítese esas ropas y dese una ducha! –me ordenó– Y no olvide llevar la ropa sucia a la lavadora. 

Me miré en el espejo del baño, tenía la camiseta manchada de pintura, las manos y la cara... Regresé corriendo al estudio y comprobé que todo lo había dejado muy limpio.





Día dos

Parado en el dintel de la puerta del estudio, mi tío miraba atentamente mis dibujos sin decir ni una palabra. No entró a la habitación. Me miró con una sonrisa en el rostro y me dijo: 

–Tengo que traer un crítico de arte. Deja todos los dibujos en el suelo hasta mañana.

Bajamos la escalera y entramos en el comedor. Ahí estaban mis abuelos y mis otros dos tíos sentados a la mesa esperando por nosotros para comer. Mi abuelo preguntó a mi tío:

–¿Qué opinas de sus dibujos? 

–¡Vaya nieto que tienes! –exclamó mi tío. –Me ha sorprendido con sus pinturas. Mañana hablaré con un especialista en arte plásticas.


Día tres

Así que eres tú el artista más joven de la familia Fresquet. ¿Me muestras tus dibujos? –me preguntó.